La propuesta incluye una “Junta de Paz” con países árabes y occidentales, encargada de supervisar la transición y la reconstrucción
AGENCIAS/TDN
Donald Trump y Benjamín Netanyahu intentaron reescribir el tablero geopolítico con un ambicioso plan de 20 puntos que promete terminar con la guerra en Gaza y abrir un horizonte de paz en Medio Oriente. El anuncio, realizado en la Casa Blanca, estuvo cargado de simbolismo: dos aliados cercanos presentándose como arquitectos de un nuevo orden regional. Sin embargo, el trasfondo es más complejo, pues el plan enfrenta un contexto de desconfianza histórica y heridas abiertas en la región.
El proyecto colocó a Hamas en el centro de la discusión, al exigir su desarme y la liberación inmediata de rehenes. A cambio, ofrece garantías de reconstrucción para Gaza, liberación de prisioneros palestinos y la llegada de ayuda humanitaria supervisada por la ONU. La narrativa de Trump es clara: un canje entre pacificación y prosperidad, aunque el desafío radica en convencer a una población castigada por la guerra de confiar en los mismos actores que han marcado décadas de conflicto.
Netanyahu, por su parte, reforzó la visión de seguridad absoluta para Israel. Su apoyo al plan se sostiene en la promesa de que Gaza dejará de representar una amenaza. Al mismo tiempo, advirtió que, de no cumplirse los acuerdos, su país recurrirá nuevamente a la fuerza. El mensaje encierra una contradicción: la paz se ofrece como una alternativa, pero bajo la sombra de la coerción militar.
La propuesta de crear una “Junta de Paz” que involucre a potencias occidentales, países árabes y figuras internacionales, como Tony Blair, reveló la intención de construir un modelo de gobernanza tutelada en Gaza. Este esquema busca evitar que el territorio quede bajo control de la Autoridad Palestina y propone una entidad “apolítica”, lo que despierta dudas sobre la legitimidad y soberanía que tendrían los gazatíes en su propio futuro.
Más allá de los 20 puntos, lo que está en juego es el intento de Trump por reposicionarse como mediador global y de Netanyahu por garantizar respaldo internacional en medio de cuestionamientos por su gestión en la guerra. El plan podría marcar un parteaguas si logra concretarse, pero también corre el riesgo de convertirse en otro documento diplomático que promete mucho y se desvanece frente a la realidad de un conflicto donde las promesas de paz suelen romperse antes de consolidarse.
