Nos estamos acostumbrando demasiado rápido, hay noticias que antes nos detenían el día

Andrea Flores Mena

Hoy apenas consiguen unos segundos de atención antes de que el dedo siga deslizándose sobre la pantalla, una inundación, un desplazamiento, un accidente, un enfrentamiento, una familia que lo perdió todo, un niño que crece entre el miedo; leemos el titular, reaccionamos con sorpresa durante un instante y, casi sin darnos cuenta, continuamos con nuestra rutina y no es que nos hayamos vuelto personas insensibles, es que la repetición tiene un efecto silencioso: convierte lo extraordinario en cotidiano.

Ese quizá sea uno de los riesgos más grandes de nuestro tiempo, no la tragedia en sí misma, sino la velocidad con la que dejamos de verla como una tragedia.

Cada temporada de lluvias aparecen las mismas imágenes, calles convertidas en ríos, automóviles atrapados bajo el agua, familias sacando muebles de sus casas, comunidades incomunicadas y autoridades desplegando operativos de emergencia. Nos indignamos un momento y seguimos adelante, al año siguiente, las imágenes vuelven a repetirse y la reacción es cada vez menor; pareciera que la emergencia ya forma parte del calendario.

Sucede algo parecido con la violencia, cada hecho es distinto, cada historia tiene nombres, rostros y circunstancias propias, sin embargo, el volumen de información termina mezclándolo todo hasta convertirlo en una sola conversación permanente, dejamos de hablar de personas para hablar de cifras, dejamos de escuchar historias para contar estadísticas, poco a poco, el número sustituye al ser humano.

Lo preocupante no es únicamente que ocurran estos hechos, lo verdaderamente peligroso es que aprendamos a convivir con ellos como si fueran inevitables.

Cuando una sociedad normaliza aquello que debería indignarla, también disminuye su capacidad para exigir cambios, ya no pregunta por qué pasó, sino cuándo volverá a ocurrir. Cambia la exigencia por la resignación y esa transición suele ser tan gradual que casi nunca la notamos.

Lo mismo sucede con la desinformación, vivimos rodeados de imágenes, videos y publicaciones cuya autenticidad se pone en duda desde el primer momento. Hemos aprendido a sospechar de todo; paradójicamente, el exceso de información no siempre genera ciudadanos mejor informados; en ocasiones produce ciudadanos cansados, confundidos y cada vez menos dispuestos a buscar la verdad.

Quizá por eso las conversaciones públicas duran tan poco, cada día aparece un nuevo tema que desplaza al anterior, la indignación tiene fecha de caducidad, el algoritmo siempre encuentra algo más reciente que mostrar, aunque el problema anterior siga sin resolverse.

Pero detrás de cada titular hay personas cuya vida no cambia cuando desaparece la atención mediática, para una familia que perdió su vivienda, la emergencia no termina cuando deja de ser tendencia, para quien fue desplazado de su comunidad, la incertidumbre continúa mucho después de que las cámaras se marchan, para quien perdió a un ser querido, el dolor no entiende de ciclos informativos.

Tal vez necesitamos recuperar la capacidad de detenernos, no para vivir permanentemente indignados, sino para evitar que la costumbre termine anestesiando nuestra conciencia.

Porque acostumbrarse tiene ventajas cuando hablamos de hábitos saludables o de disciplina, pero acostumbrarse al sufrimiento ajeno es otra cosa.

Es aceptar poco a poco estándares de vida que nunca debieron parecernos normales.

No podemos evitar todas las tragedias, tampoco está en nuestras manos resolver cada problema que enfrenta el país, lo que sí podemos decidir es no permitir que la repetición nos robe la empatía.

Las sociedades no cambian únicamente cuando aparecen grandes líderes o se anuncian enormes reformas, también cambian cuando sus ciudadanos se niegan a considerar normal aquello que claramente no lo es.

Quizá la pregunta no debería ser cuántas malas noticias somos capaces de soportar, la pregunta es mucho más incomoda: ¿en qué momento dejamos de sentir que eran inaceptables?

Porque el día que una injusticia deja de sorprendernos, corre el riesgo de quedarse para siempre y ninguna sociedad debería sentirse orgullosa de la capacidad que ha desarrollado para acostumbrarse a vivir con lo que nunca debió aceptar.