Andrea Flores Mena
Bastó una presentación para que comenzara el juicio, ni una prueba de manejo, ni una evaluación técnica independiente, ni una revisión de especificaciones completas; bastó una fotografía, un video de algunos segundos y la inevitable conversación en redes sociales para que el nuevo vehículo eléctrico mexicano, Olinia, fuera condenado por miles de personas.
Que si parece carrito de golf, que si está feo, que si será un fracaso, que si terminará convirtiéndose en otro elefante blanco, que si el gobierno está tirando el dinero y quizá algunas de esas críticas terminen teniendo razón o quizá no, el problema es que aún no lo sabemos.
Vivimos en una época en la que hemos confundido la opinión con la sentencia y la sospecha con la evidencia, hoy no necesitamos conocer un proyecto para descalificarlo; basta con que aparezca asociado a una administración pública, a una institución o incluso a una iniciativa nacional para que inmediatamente se active el reflejo de la burla y eso debería preocuparnos más que el destino de cualquier automóvil.
México tiene razones para desconfiar, sería ingenuo negarlo, durante décadas hemos visto proyectos públicos que prometieron más de lo que pudieron cumplir, obras que terminaron costando más de lo previsto. Iniciativas que fueron presentadas como revolucionarias y terminaron siendo cargas financieras para el Estado.
La memoria colectiva existe y tiene fundamento, pero una cosa es exigir resultados y otra muy distinta es decretar el fracaso antes de que exista siquiera la oportunidad de demostrar éxito.
Lo curioso es que muchas de las personas que hoy ridiculizan a Olinia son las mismas que exigen que México produzca más tecnología, más innovación y más desarrollo propio.
Queremos ingenieros mexicanos competitivos, pero nos burlamos de sus proyectos, queremos industria nacional fuerte, pero asumimos que todo lo hecho en México será inferior, queremos menos dependencia tecnológica del extranjero, pero cuando surge un intento de desarrollo local, lo recibimos con escepticismo automático.
Hay una contradicción profunda en esa postura.
Nadie está obligado a aplaudir un proyecto por patriotismo, tampoco estamos obligados a confiar ciegamente en las promesas gubernamentales. La crítica es necesaria y la vigilancia ciudadana también.
Lo que resulta preocupante es cuando la crítica deja de estar basada en datos y comienza a alimentarse únicamente de prejuicios.
Hasta ahora conocemos muy poco del vehículo, sabemos que se plantea como una alternativa de movilidad urbana, sabemos que busca atender nichos específicos, sabemos que pretende desarrollarse con participación de talento mexicano. Pero todavía desconocemos aspectos fundamentales: autonomía real, costos de mantenimiento, estándares de seguridad, capacidad de producción, viabilidad financiera y desempeño en condiciones cotidianas.
Es decir, todavía no existen elementos suficientes para afirmar que será un éxito rotundo, pero tampoco existen para afirmar que será un fracaso, la posición intelectualmente honesta debería encontrarse justamente en ese punto intermedio: esperar, observar y evaluar.
Porque detrás de Olinia hay algo más importante que un automóvil, hay universidades públicas involucradas, hay investigadores, hay ingenieros, hay estudiantes que observan si vale la pena dedicar años de su vida a desarrollar tecnología en México. Hay profesionistas que necesitan saber si este país está dispuesto a respaldar sus capacidades o si cualquier intento será reducido a un meme antes de salir al mercado.
Cuando una sociedad pierde la capacidad de creer en sus propios talentos, comienza a depender permanentemente de los talentos de otros y esa dependencia no se resuelve únicamente comprando tecnología extranjera.
Por supuesto que los proyectos nacionales deben demostrar resultados, deben ser transparentes, deben rendir cuentas, deben justificar cada peso invertido… nadie discute eso.
Sin embargo, la exigencia de resultados no debería convertirse en una condena anticipada, quizá Olinia fracase y eso es una posibilidad real.
También existe la posibilidad de que funcione.
La diferencia entre ambas opciones no la determinarán los memes, las burlas o las tendencias de redes sociales, la determinarán los datos, las pruebas, la ingeniería, la administración y el tiempo.
Por eso tal vez la pregunta correcta no sea si Olinia tendrá éxito, la pregunta es por qué nos cuesta tanto trabajo darle a cualquier proyecto mexicano el beneficio de la duda.
Porque al final, cuando dejamos de creer que en México se pueden construir soluciones, innovaciones y tecnología propia, el problema deja de ser un automóvil.
El problema somos nosotros.

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