Rebecca Díaz
Cada regreso a clases tiene una imagen conocida: niñas y niños estrenando cuadernos, mochilas nuevas, padres apresurados, tráfico frente a las escuelas y comercios llenos de listas de útiles, pero en Chiapas volver al salón significa mucho más que poner fin a las vacaciones, es un acontecimiento que mueve la economía de los hogares, reorganiza la vida familiar y vuelve a colocar frente a nosotros una pregunta inevitable: ¿qué tan iguales son las oportunidades con las que nuestros niños regresan a la escuela?
El próximo 31 de Agosto comenzará oficialmente el ciclo escolar 2026-2027, con 185 días de clases para educación básica, en Chiapas, donde el sistema educativo atiende a más de 1.7 millones de alumnas y alumnos en más de 20 mil escuelas, el regreso representa una movilización social enorme, no se trata únicamente de abrir planteles, se reactivan rutas de transporte, papelerías, zapaterías, tiendas de uniformes, mercados, pequeños comercios y servicios de alimentación.
Para muchas familias, sin embargo, Agosto no es sinónimo de entusiasmo sino de cuentas. Mochila, zapatos, uniforme, cuadernos, colores, materiales, transporte y alimentos forman una lista paralela a la escolar: la lista de lo que hay que pagar. En Chiapas se ha estimado que preparar a un estudiante puede representar entre tres mil y cinco mil pesos, y el gasto aumenta cuando hay más de un hijo o cuando se cambia de nivel educativo.
Ahí aparece una primera realidad incómoda: el derecho a la educación es universal, pero las condiciones para ejercerlo no lo son.
Mientras para algunos hogares comprar útiles significa elegir diseños o marcas, para otros significa decidir qué puede reutilizarse, qué compra tendrá que esperar o de dónde saldrá el dinero, el regreso a clases puede convertirse, así, en un retrato muy preciso de la desigualdad y en Chiapas esa desigualdad adquiere dimensiones particulares, no enfrenta las mismas condiciones quien puede caminar unas cuadras hasta su escuela que quien vive en una comunidad donde trasladarse representa tiempo y dinero, no comienza igual el ciclo quien tiene internet, computadora y un espacio propio para estudiar quien comparte dispositivos, habitación y recursos con varios integrantes de la familia.
Pero reducir el regreso a clases a un asunto económico sería quedarse corto, la escuela sigue siendo uno de los espacios sociales más importantes de Chiapas, en muchas comunidades no es solamente el sitio donde se aprende matemáticas o español: es punto de encuentro, espacio de convivencia, lugar donde se habla la lengua de la comunidad y donde niñas y niños construyen una idea del mundo más allá de su hogar.
Esto tiene un peso especial en un estado pluricultural y multilingüe, durante el ciclo 2025-2026 se distribuyeron en Chiapas más de 807 mil libros de educación básica en diez lenguas indígenas, el dato importa porque detrás de cada ejemplar hay una discusión más profunda: una niña no tendría que abandonar su lengua para acceder al conocimiento, ni un niño tendría que sentir que su cultura pertenece únicamente al pasado.
Educar también es preservar, pero preservar no significa encerrar a las nuevas generaciones en el pasado, significa darles las herramientas necesarias para relacionarse con el mundo sin exigirles que renuncien a lo que son, esa quizá sea una de las tareas culturales más complejas de la educación chiapaneca: construir modernidad sin convertir la diversidad en un obstáculo.
Regresar a clases también significa volver a la convivencia, la escuela forma ciudadanos incluso cuando no se propone hacerlo, allí se aprende a escuchar una opinión distinta, cumplir acuerdos, reconocer límites y descubrir que el mundo está compuesto por personas con historias diferentes.
Por eso tampoco podemos descargar toda la responsabilidad sobre maestras y maestros, educar requiere una comunidad completa: familias involucradas, autoridades responsables, docentes acompañados y una sociedad que entienda que asistir a clases no es necesariamente lo mismo que aprender.
Durante 2026 se han anunciado y ejercido inversiones federales en Chiapas para becas, infraestructura educativa, salud escolar y ampliación de la educación media superior. Son esfuerzos necesarios, pero cualquier política educativa debe medirse finalmente en algo mucho más concreto: que una niña o un niño pueda permanecer en la escuela, aprender, avanzar y construir un proyecto de vida sin que su código postal, su lengua, el ingreso de sus padres o la distancia de su comunidad determinen hasta dónde puede llegar.
El regreso a clases debería servirnos, entonces, para mirar más allá de la mochila nueva y de la fotografía del primer día.
Cada pupitre que vuelve a ocuparse representa una posibilidad, cada estudiante lleva consigo expectativas familiares, historias comunitarias y las desigualdades que existen fuera de la escuela.
La gran tarea consiste en impedir que esas desigualdades se sienten con ellos en el salón y terminen decidiendo su futuro.
Porque volver a clases no debería significar únicamente regresar a la rutina, en un estado como Chiapas, tendría que significar renovar cada año un compromiso colectivo: que nacer lejos, tener menos o hablar una lengua distinta nunca sea una sentencia sobre lo que una niña o niño puede llegar a ser.
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