Educación y desigualdad en Chiapas

Eduardo Díaz Zenteno – Andrea Flores Mena


Durante medio siglo México ha administrado su sistema educativo como quien dirige una embarcación vieja en alta mar y sin saber a dónde va: cuando puede cambia las velas, pinta la borda, sustituye al capitán, pero desconoce su destino y el tiempo que le queda. Descentralizamos en 1992, tecnificamos la evaluación en los 2000, evaluamos a los marineros en el 2013, cambiamos de mapa con la Nueva Escuela Mexicana en 2019, incluso navegamos a ciegas durante la pandemia. Las cifras lo revelan sin maquillaje: los aprendizajes estancados, la desigualdad persistente, la brecha territorial intacta. La educación mexicana ha sido reformada muchas veces, pero transformada pocas.

Parece que en Chiapas, no todos estamos en el mismo barco.  

Chiapas es el espejo que devuelve la imagen sin filtros. Si en el promedio nacional la desigualdad duele, en Chiapas sangra: escolaridad por debajo de la media, abandono concentrado en secundaria y media superior, planteles multigrado que sostienen con dignidad algunas heroicidades cotidianas, semanas laborales de tres o cuatro días,  comunidades indígenas que aún esperan materiales y docentes en su lengua. A ello se suman golpes extraescolares: burocracia lenta, paros prolongados, desplazamiento, migración, sismos que dejaron cicatrices de cemento y confianza, pobreza que obliga a elegir entre aula y sustento. La última década el rumbo se desvió aún más: promesas de equidad, programas que cambian de nombre, becas que alivian pero no sustituyen trayectorias, y la gran sombra de los aprendizajes perdidos en pandemia. 

La pregunta no es retórica: ¿cuánto tiempo más puede un barco averiado vivir del esfuerzo de su base (docentes, madres y padres, estudiantes) sin saber a dónde va?

No basta con más recursos si los flujos se pierden en la burocracia o en obras sin mantenimiento. No basta con más evaluación si no se traduce en acompañamiento pedagógico en el aula. No basta con proclamar pertinencia intercultural cuando los materiales llegan insuficientes, tarde o en español. Y no basta con becas si el camino entre secundaria y bachillerato sigue siendo un puente colgante: angosto, inestable, sin barandales. La estrategia sugiere tres escalas en la ruta:

1) permanencia en la educación básica y transición a media superior acompañado en todo momento de capacitación tecnológica, tutorías intensivas, orientación vocacional y puentes reales a la educación superior.

2) un sistema robusto de educación indígena que forme, contrate y retenga docentes bilingües con materiales propios y evaluación pertinente.

3) infraestructura básica garantizada (aulas, agua, baños, techos, conectividad) con vigilancia social y metas por microrregión. Sin estas anclas, cualquier cambio curricular es un documento bonito sobre una mesa coja.

El destino: La educación chiapaneca no necesita discursos con adjetivos, sino logística con verbos: llegar, dirigir,  diagnosticar, reparar, capacitar, acompañar, evaluar y corregir. Requiere gobernanza que aguante el conflicto sin castigar al estudiante, transparencia que ponga en el mapa cada aula pendiente, y una conversación pública que deje de medir el éxito por la foto de la entrega y empiece a medirlo por la asistencia, el aprendizaje, proyecto, trayectoria y destino.

Cincuenta años de oleaje enseñan una lección simple: los países no se vuelven justos por decreto, ni los estados se vuelven equitativos por inercia. La justicia se construye donde el niño aprende a leer en su lengua, la adolescente cruza viva el puente a la preparatoria, la escuela resiste el sismo… reabre con agua y docentes, y el maestro es acompañado, no solo evaluado.

Si México quiere un futuro distinto, que lo demuestre en Chiapas. Aquí, en donde la escuela aún es promesa, el país puede elegir entre seguir remendando velas o, por fin, ubicar el puerto. La decisión es política, el tiempo es ahora, y el costo de no decidir (otra generación perdida) sería, esta vez, imperdonable.