Ahorita, ese país llamado después

Andrea Flores Mena

La remodelación del antes Estadio Azteca, hoy Banorte, no solo exhibió las prisas de una obra hecha con la respiración del calendario encima, también retrató una de las costumbres más arraigadas del país: dejar todo para el final y luego fingir que el apuro era parte del plan. La escena no sorprende a nadie porque, en México, la improvisación dejó de ser excepción hace mucho tiempo; se volvió método, discurso, reflejo y peor todavía, identidad tolerada.

Lo inquietante no es únicamente que una obra emblemática, ligada a la vitrina internacional de un Mundial, haya llegado entre retrasos, ajustes de última hora y presión contrarreloj, lo verdaderamente grave es que eso ya no escandaliza. Se comenta, sí; se critica un rato, también; pero en el fondo se asume como algo casi natural, como si la seriedad fuera una pretensión extranjera y el incumplimiento una peculiaridad folclórica que debemos aprender a soportar con humor, resignación y memes.

México ha normalizado una pedagogía del después: Después lo hacemos, después lo resolvemos, después vemos, después se corrige y ese “después” no es una casualidad administrativa ni una falla aislada del gobierno en turno: es una estructura social. Está en la oficina pública que espera hasta que la presión mediática la obligue a actuar, está en la empresa que posterga mantenimiento hasta que truena el sistema, está en la escuela que corrige sobre la fecha límite, está en la casa donde el pendiente se vuelve paisaje, está en la calle, donde el bache se atiende cuando ya rompió suspensiones y ya cobró accidentes.

Ese dejismo no es solo desorden operativo, es una forma de relación con la realidad, implica creer que el tiempo es infinitamente flexible, que todo puede recorrerse un poco más, que la urgencia verdadera siempre le tocará resolverla a alguien más y cuando finalmente no queda margen, entonces aparece la liturgia nacional de la emergencia: correr, parchar, inaugurar incompleto, sonreír para la foto y declarar que “se cumplió”, aunque se haya cumplido mal, tarde o a medias.

Por eso el caso del estadio resulta tan simbólico, no se trata únicamente de concreto, butacas, pantallas, túneles o zonas VIP; se trata de una lógica nacional. La de esperar hasta que el reloj ya se volvió amenaza, la de confiar en que al final algo saldrá, la de convertir la insuficiencia en narrativa heroica, aquí no admiramos a quien planea; aquí aplaudimos a quien resuelve al último minuto, como si apagar incendios fuera más admirable que impedirlos, hemos romantizado tanto la improvisación que la previsión casi parece falta de carácter.

Lo más delicado es que esta cultura del aplazamiento ya contaminó incluso el lenguaje, en México, “ahorita” rara vez significa ahora, “Ahorita” puede ser en diez minutos, en tres horas, mañana, la próxima semana o en un futuro tan nebuloso que solo existe para quien lo promete. El lenguaje revela lo que una sociedad tolera y, a veces, lo que una sociedad es cuando una palabra destinada a nombrar la inmediatez termina convertida en zona gris de incumplimiento, lo que se ha deformado no es el diccionario, sino la noción misma de responsabilidad.

Decimos “ahorita” para no decir “no quiero”, para no decir “no puedo”, para no decir “no me importa lo suficiente”, para no confrontar, para no asumir, para no quedar mal de manera explícita, aunque quedemos peor en los hechos, es una cortesía tramposa que protege al hablante y castiga al que espera y así, entre evasivas educadas, México fue construyendo una cultura donde el compromiso siempre está por llegar, nunca por ejecutarse.

La política, por supuesto, ha sabido explotar esa debilidad, gobierna sobre ella y gracias a ella. Promete obras “históricas” que arrancan tarde; presume transformaciones que se anuncian antes de concluirse; administra crisis que pudieron prevenirse; y luego vende como eficacia lo que en realidad fue corrección desesperada. El poder aprendió hace tiempo que en un país acostumbrado al “ahorita”, la exigencia ciudadana también se difiere, protestamos hoy, olvidamos mañana, normalizamos pasado mañana.

Pero sería cómodo cargar toda la culpa en los gobiernos, laverdad es más incómoda: el dejismo oficial prospera porque dialoga con un dejismo social, la autoridad posterga porque sabe que el ciudadano aguanta; el ciudadano aguanta porque lleva años viendo que todo funciona así, mal pero funciona, tarde pero llega, incompleto pero inauguran y en esa cadena de pequeñas renuncias se va erosionando la idea misma de calidad, de puntualidad, de responsabilidad pública y privada.

El problema no es que México improvise a veces; cualquier país lo hace, el problema es que aquí elevamos la improvisación a costumbre nacional y luego a coartada cultural. Nos reímos del atraso, lo maquillamos de astucia, lo disfrazamos de flexibilidad y hasta lo pronunciamos con ternura: “ahorita”, pero detrás de ese diminutivo amable caben demasiadas cosas serias: obras tardías, instituciones rebasadas, servicios mediocres, promesas sin fecha y una ciudadanía entrenada para esperar.

Tal vez el verdadero atraso mexicano no esté en el concreto ni en los trámites ni en las agendas, sino en esa indulgencia colectiva con el incumplimiento, mientras sigamos creyendo que dejar todo para el final es una peculiaridad simpática y no una falla estructural, seguiremos llegando tarde a todo: a las obras, a las soluciones, a la modernidad y, sobre todo, al respeto que nos debemos unos a otros.