Andrea Flores Mena
Hay temas que parecen filosóficos, lejanos, casi de aula universitaria, pero en realidad atraviesan la vida diaria de cualquier persona: la toma de decisiones, el libre albedrío, el bien y el mal. No son asuntos abstractos; están en lo que decimos, en lo que callamos, en lo que justificamos y en lo que hacemos incluso cuando nadie nos ve, cada día decidimos, a veces con plena conciencia y otras en automático, pero decidir nunca es un acto neutral, elegir implica responsabilidad; implica reconocer que, aun dentro de límites sociales, económicos, familiares o emocionales, siempre hay un margen desde el cual actuamos y ahí aparece la pregunta incómoda: si podemos elegir, ¿por qué tantas veces elegimos mal?
Se habla del libre albedrío como si fuera una libertad absoluta, casi heroica, pero no lo es. Nadie decide en el vacío, las personas están marcadas por su historia, por sus heridas, por su entorno, por la educación recibida, por el miedo, por la necesidad y por el deseo, sin embargo, reconocer esos condicionamientos no significa borrar la responsabilidad individual, entender por qué alguien actúa de cierta manera no equivale a absolverlo, esa es una confusión frecuente en una época que a veces explica tanto la conducta humana que termina debilitando la noción misma de culpa. Sí, el contexto influye; sí, las circunstancias pesan; pero entre el impulso y la acción todavía existe un momento decisivo, un espacio pequeño pero real en el que cada persona confirma quién es.
Ahí es donde el bien y el mal dejan de ser categorías grandilocuentes y se vuelven prácticas cotidianas, el bien no siempre aparece vestido de heroicidad, ni el mal llega con rostro monstruoso, muchas veces el bien consiste en lo más simple y también en lo más difícil: decir la verdad, cumplir la palabra, no abusar del otro, no aprovecharse de una posición de poder, no humillar, no mentir para sacar ventaja, no dañar solo porque se puede y el mal, por su parte, rara vez comienza con grandes atrocidades; casi siempre inicia en pequeñas concesiones morales, en mínimos pactos con la comodidad, en esa voz que dice “no pasa nada”, “todos lo hacen”, “solo esta vez”. El problema es que el deterioro ético nunca se presenta como derrumbe repentino, sino como una cadena de decisiones pequeñas que terminan normalizando lo inaceptable.
Por eso la toma de decisiones revela más de una persona que sus discursos. Hay gente que habla del bien y practica la conveniencia; hay quienes invocan valores, pero negocian principios en cuanto aparece el beneficio personal, en ese sentido, el libre albedrío no es solamente la capacidad de escoger, sino la prueba constante de nuestra integridad, porque elegir no es únicamente optar entre dos caminos; es definir, una y otra vez, qué tipo de persona se quiere ser y esa definición tiene consecuencias privadas y públicas, una mala decisión no solo afecta a quien la toma; puede lastimar familias, romper confianzas, corromper instituciones, destruir comunidades enteras, lo que empieza como una decisión individual puede terminar convertido en un problema colectivo.
En tiempos donde tanto se relativiza, conviene decirlo con claridad: no todo es interpretable, no todo depende del punto de vista, no todo puede justificarse. Hay actos que dañan y hay actos que construyen; hay decisiones que dignifican y otras que degradan, el bien y el mal quizá admitan debates filosóficos interminables, pero en la realidad suelen ser menos ambiguos de lo que muchos quisieran. El abuso es abuso; la traición es traición; la cobardía moral también existe cuando alguien, pudiendo hacer lo correcto, decide no hacerlo, el problema no es que el ser humano dude, sino que muchas veces acomoda sus dudas para no asumir el costo de actuar con rectitud. Al final, la libertad no está en hacer lo que se quiere, sino en poder elegir con conciencia lo que se debe, esa es la parte menos cómoda del libre albedrío: no nos vuelve omnipotentes, nos vuelve responsables y quizá ahí radica su verdadero peso, porque el bien y el mal no son fuerzas lejanas disputándose el mundo desde una dimensión abstracta; pasan, todos los días, por nuestras decisiones más concretas, en cada elección se juega algo del carácter, algo de la dignidad y algo del mundo que ayudamos a construir. Elegir, entonces, no es un acto menor: es la forma más clara en la que una persona se delata.

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