Andrea Flores Mena
En una coyuntura en la que las fronteras ya no son solo líneas divisorias y estáticas, sino zonas vivas de coexistencia, intercambio y tensión pero también de oportunidad; Chiapas no puede darse el lujo de mirar solo hacia el norte. La entidad es conexión histórica cultural y geográfica con centroamérica, puerta de México, bisagra mesoamericana y al mismo tiempo se convierte en territorio con desafíos complejos: migración, comercio informal, violencia transfronteriza, desastres naturales y una creciente economía regional dependiente una de la otra, por eso, que Chiapas tenga contacto internacional constante no es un gesto protocolario; es una condición de gobernabilidad y futuro.
La reciente reunión binacional con autoridades de Guatemala en Tapachula (centrada en coordinar seguridad, inteligencia y una agenda económica fronteriza) confirma algo elemental: los problemas de frontera ahora se atienden con diplomacia, voluntad y visión de futuro. Ahí estuvieron actores clave de Chiapas y de los departamentos guatemaltecos vecinales, con el objetivo de cerrar brechas operativas y alinear prioridades en una región donde lo que pasa en un lado repercute de inmediato en el otro, esta clase de mesas son la diferencia entre reaccionar tarde o anticiparse; entre administrar crisis o prevenirlas.
En esa mesa binacional no llegaron a tomarse la foto, llegaron a poner sobre la mesa lo que de verdad duele y lo que puede transformarse, hablaron de seguridad con sentido territorial (coordinación policial, compartir inteligencia, investigación en conjunto y cerrar los espacios que aprovecha el delito de ambos lados de la frontera), pero también dejaron claro que el orden no puede construirse contra la sociedad, sino de la mano con ella, por eso el componente humanista atravesó la conversación, y quizá lo más revelador, fue poner en la mesa al mismo tiempo la paz y la prosperidad: con el sector empresarial presente, la agenda económica se asumió como parte de la solución, porque el empleo, comercio formal, inversión y el desarrollo economico sólo florecen cuando el miedo no manda.
Esa mezcla de coordinación operativa, mirada social y apuesta productiva es, en el fondo, la señal de que Chiapas entiende la frontera sur como centro estratégico y no como región subdesarrollada, en este tablero, el gobernador Eduardo Ramírez Aguilar ha entendido que gobernar Chiapas hoy implica tener presencia nacional e interlocución internacional. Su participación en reuniones de seguridad y coordinación con el gobierno federal, y la insistencia en hacer de la frontera sur un espacio de desarrollo, proyectan un mensaje claro: Chiapas no se repliega, se posiciona con fuerza. No es casual que los esfuerzos estatales se alineen con la agenda nacional del sureste: infraestructura estratégica, movilidad humana, comercio formal y paz territorial; un estado que construye alianzas antes de la emergencia, llega a tiempo.
Pero cualquier política de paz y desarrollo necesita un músculo operativo y ahí entra el trabajo conjunto con la Secretaría de Seguridad del Pueblo al mando de Óscar Alberto Aparicio Avendaño, cuyo trabajo ha mostrado un cambio de ritmo: más presencia territorial, coordinación real con fuerzas federales, capacitación policial continua y un énfasis sostenido en prevención y proximidad social,eso es lo que, en términos de gobierno, marca un “antes y un después”: no la promesa de seguridad, sino la construcción cotidiana de condiciones para que la vida pública ocurra con mayor confianza y sin miedo.
La seguridad, cuando se hace bien, deja de ser tema exclusivo de patrullas y operativos; se vuelve plataforma para que la economía respire y muestra de ellos son las acciones recientes en costa y frontera (desde dispositivos turísticos y carreteros hasta refuerzos de vigilancia limítrofe) muestran una lógica integral: proteger a la gente en sus espacios de trabajo, tránsito y convivencia, siendo ese marco indispensable para cualquier agenda económica binacional seria: no hay comercio saludable donde manda la extorsión, no hay inversión donde reina la incertidumbre, no hay desarrollo donde el territorio está abandonado.
Por eso, el contacto internacional de Chiapas no debe verse como simple protocolo diplomático, sino como un instrumento de soberanía. Cooperar con Guatemala en seguridad e intercambio económico significa proteger a las comunidades de ambos lados, combatir redes criminales que no respetan límites y abrir rutas formales para la prosperidad compartida.
El reto, desde luego, es enorme y no se resolverá de la noche a la mañana, pero Chiapas está dando señales de algo valioso: voluntad y proyecto de Estado.
Cuando un gobernador se planta y deja huella en la agenda nacional y a la vez fortalece la interlocución internacional, cuando un secretario de seguridad convierte esa visión en territorio y resultados, lo que se construye no es solo una política pública, sino una nueva narrativa de gobierno, una que entiende que Chiapas como frontera Sur no es periferia, sino centro; y que para ser fuerte, necesita estar conectado al mundo con paz, dignidad y visión.

Más historias
Cuando elegir también pesa
Ahorita, ese país llamado después
Colosio, el ícono que México no ha terminado de entender