Israel lanza nueva ofensiva pese a acuerdo con Hamas

La comunidad internacional observa la escalada mientras los civiles siguen pagando el precio del conflicto

AGENCIAS/TDN

El discurso de Benjamin Netanyahu ante el Parlamento israelí volvió a exhibir la distancia entre el poder militar y la responsabilidad política. Mientras la Corte Penal Internacional mantiene órdenes de arresto por crímenes de guerra, el primer ministro celebró públicamente el lanzamiento de “153 toneladas de bombas” sobre Gaza, en respuesta, al asesinato de dos soldados. La afirmación, carente de pruebas, revivió una estrategia retórica que intenta justificar el castigo colectivo bajo el argumento de la defensa nacional.

En Gaza, la violencia se ha vuelto un lenguaje cotidiano y un método de control. Las bombas no caen solo sobre posiciones militares, sino sobre un territorio agotado, donde los hospitales funcionan con restos de energía y los cuerpos se recuperan entre ruinas. La desproporción es brutal: por cada ataque israelí, la cifra de víctimas palestinas crece en silencio, sin que la comunidad internacional logre frenar la maquinaria bélica.

Al mismo tiempo, la devolución de cuerpos, tanto de rehenes extranjeros como de palestinos muertos bajo custodia israelí, reveló el drama humano que los gobiernos prefieren reducir a estadísticas. El regreso del cuerpo del estudiante nepalí Bipin Joshi fue acompañado por luto diplomático en Katmandú, mientras en Gaza, el Comité Internacional de la Cruz Roja recibía los restos de un soldado israelí, entregado por una facción palestina. Cada cadáver repatriado recuerda que la guerra no distingue entre víctima y victimario, sino entre quienes pueden ser llorados públicamente y quienes quedan enterrados en el anonimato.

Más grave aún son las denuncias sobre las condiciones inhumanas en los campos de detención israelíes, como Sde Teiman, donde palestinos fueron mantenidos en jaulas, vendados y atados a camas. Las imágenes documentadas por The Guardian son el retrato más crudo de un sistema que normaliza la tortura bajo el argumento de la seguridad.

En este escenario, las palabras de Netanyahu no solo son una provocación, sino una confesión pública de impunidad. Israel continúa actuando al margen del derecho internacional, mientras las potencias que podrían frenar su ofensiva optan por la indiferencia estratégica. Gaza no es solo un campo de batalla: es un espejo donde el mundo contempla, sin reaccionar, la degradación moral de la política global.

“Las bombas no caen solo sobre posiciones militares, sino sobre un territorio agotado
donde los hospitales funcionan con restos de energía”