Colosio, el ícono que México no ha terminado de entender

Andrea Flores Mena

Luis Donaldo Colosio no fue sólo un candidato presidencial asesinado en campaña; fue, sobre todo, la condensación de una promesa política que México quiso leer como posibilidad de cambio desde dentro del propio sistema. Su figura creció porque apareció en un momento de fractura: 1994 no era un año cualquiera, era un país cruzado por el levantamiento zapatista, por tensiones internas en el PRI, por exigencias sociales acumuladas y por un desgaste inocultable del viejo presidencialismo. En ese contexto, Colosio dejó de ser únicamente el abanderado del partido en el poder y comenzó a ser percibido como alguien que buscaba hablarle a un México más real, más lastimado y más desigual; el propio Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) ubica su discurso del 6 de marzo de 1994 como un parteaguas, interpretado por amplios sectores como un distanciamiento respecto del salinismo.

Por eso, su asesinato no sólo arrebató una vida; quebró una expectativa nacional. El 23 de marzo de 1994, en Lomas Taurinas, no cayó únicamente un candidato: cayó también la ilusión de que el régimen podía reformarse sin trauma, sin ruptura y sin violencia. La conmoción pública fue enorme porque el crimen exhibió la vulnerabilidad del Estado, la precariedad de la seguridad política y, sobre todo, la profundidad de la desconfianza ciudadana. Desde entonces, el caso quedó inscrito en la memoria colectiva como un magnicidio rodeado de sombras, dudas y versiones encontradas; la cronología oficial lo registra como uno de los hechos definitorios de aquel año crítico para el país.

Las repercusiones sociales y políticas todavía no terminan. Treinta y tantos años después, el caso sigue abierto en la imaginación pública porque nunca logró convertirse en una verdad plenamente aceptada. La reapertura de líneas de investigación por parte de la FGR en 2024, con la insistencia en la hipótesis de un segundo tirador, y la persistencia del debate judicial sobre la condena de Mario Aburto, demuestran que Colosio no pertenece por completo al pasado. Su asesinato sigue operando como una herida de legitimidad institucional: cada nueva revisión del expediente recuerda que México no sólo padeció un crimen, sino también una larga incapacidad para cerrar con credibilidad uno de los episodios más delicados de su historia contemporánea.

Ahora bien, sería intelectualmente cómodo convertir a Colosio en santo civil y dejarlo ahí, congelado en la nostalgia, pero esa salida simplifica demasiado. La mitificación de Colosio también dice mucho de México: a veces este país convierte en símbolo a quienes mueren antes de enfrentar el desgaste del poder. Es decir, no sabemos del todo qué presidente habría sido, pero sí sabemos qué vacío dejó su muerte y, en política, los vacíos suelen idealizarse. Colosio se volvió enorme, en parte, porque nunca tuvo tiempo de decepcionar; esa es una verdad incómoda.

Sin embargo, reducirlo a un mito póstumo también sería injusto. Algo sí cambió en México después de 1994: la demanda de instituciones electorales más confiables, de mayor autonomía frente al poder y de reglas menos controladas por el gobierno ganó fuerza en la transición democrática. La reforma electoral de 1996, que fortaleció la autonomía del IFE y reordenó la justicia electoral, no nació sólo por el asesinato de Colosio, pero sí en un clima político profundamente marcado por la crisis de credibilidad que ese crimen ayudó a profundizar. México entendió, a golpes, que la estabilidad no podía seguir descansando en la obediencia, sino en instituciones capaces de generar confianza.

Ahí está, quizá, la medida de su trascendencia. Colosio fue políticamente importante como candidato, históricamente decisivo como símbolo y socialmente persistente como herida. Pero un verdadero ícono no es sólo alguien recordado durante años; es alguien cuya ausencia sigue obligando a una sociedad a hacerse preguntas incómodas: ¿qué clase de cambio quería realmente el país?, ¿cuánto de esa esperanza era proyecto y cuánto era necesidad de creer?, ¿por qué México sigue fabricando mártires con más facilidad que instituciones sólidas?

Y quizá una de las preguntas más relevantes del presente ya no recae sólo en la memoria del padre, sino en la posibilidad de que su hijo convierta ese legado simbólico en una ruta política propia, seria y viable para México. Si el apellido Colosio todavía pesa en la conversación pública, no es únicamente por la tragedia que lo marcó, sino por la exigencia que hoy recae sobre Luis Donaldo Colosio Riojas: demostrar que puede transformar una herencia cargada de significado en una fuerza política con contenido, dirección y carácter propio. Para una parte importante del país puede representar algo más que un nombre; encarna la expectativa de una nueva generación capaz de hablar con sobriedad, mesura y sentido institucional en medio de la polarización, del desgaste de los partidos tradicionales y del cansancio social frente a una política estridente; su desafío no es menor, porque no se trata sólo de honrar una historia ni de administrar una herencia emotiva, sino de probar que esa esperanza puede traducirse en proyecto, en visión de país y en una forma distinta de ejercer el poder. México ya no necesita administradores de nostalgia ni figuras decorativas sostenidas por la emoción del recuerdo; necesita liderazgo, claridad y una voluntad real de construir instituciones más creíbles, más sobrias y menos atrapadas por la estridencia. Ahí está, precisamente, el tamaño de su momento: encarnar una posibilidad de cambio sin depender sólo de la memoria, responder a la pregunta de qué clase de transformación quiere realmente el país y convencer de que, esta vez, la esperanza puede ser algo más que una necesidad de creer.

Un ícono verdadero no sobrevive por la propaganda, sino por su capacidad de interpelar el presente. Colosio padre permanece porque su nombre sigue siendo sinónimo de una promesa interrumpida y de una deuda no saldada entre poder, verdad y democracia; Colosio hijo, en cambio, enfrenta la prueba más difícil: demostrar que ese legado puede dejar de ser sólo memoria y convertirse en proyecto. Entre ambos no hay una continuidad automática, sino una exigencia histórica. Ese es, quizá, el verdadero peso del apellido: no el del bronce ni el de la estampita política, sino el de una herencia que obliga a responder, otra vez, qué clase de país quiere ser México.