Emprender no es moda, es sobrevivir

Andrea Flores Mena

Ser emprendedor en México se ha vuelto la versión moderna del “échale ganas” y nos lo venden como libertad, independencia, la posibilidad de ser tu propio jefe, pero pocas veces se habla de lo que realmente implica aventarse: cargar con la incertidumbre, la falta de apoyos, la burocracia y, muchas veces, la culpa cuando las cosas no salen como en las historias de éxito de LinkedIn.

Emprender aquí casi nunca empieza con un plan de negocios perfecto, sino con una necesidad muy concreta: el salario que no alcanza, el trabajo que no llega, la hija que hay que mantener, la renta que sube, la comida y así nacen negocios en la cochera, en la banqueta, en redes sociales o hasta en un puesto improvisado de quien vende comida por encargo hasta quien monta una tienda en línea o un medio de comunicación independiente: todos son emprendedores, aunque muchos no se nombren así.

Ser emprendedor en México también significa aprender a moverse en la cuerda floja de la informalidad; tramitar un permiso puede tomar semanas, entender al SAT parece carrera universitaria, el crédito bancario está lejos de la mayoría y la creatividad no solo se usa para diseñar un logo o una campaña, se convierte en un elemento clave para para sobrevivir y día a día se construye con lo que hay, no con lo ideal.

Pero cuando bajamos la mirada hacia el sur, hacia Chiapas, el emprendimiento adopta un matiz todavía más duro y más complejo, aquí, emprender muchas veces es la única alternativa real y no se trata de elegir entre “empleo estable” y “aventura emprendedora”, sino entre aventarse a algo propio o quedarse atrapado en la pobreza laboral, en la migración forzada, en la falta de opciones, emprender, en muchos casos, es una forma de resistencia.

En Chiapas, el emprendedor puede ser la señora que borda y vende en el parque, el joven que abre una cafetería cultural, la cooperativa cafetalera que intenta escapar de los intermediarios, el colectivo de mujeres que vende productos artesanales para financiar su organización, aquí el emprendimiento aquí no se limita a la lógica del “crece y escala”, sino que pasa por defender las costumbres, la lengua, el territorio y la identidad, en Chiapas muchos proyectos nacen más de la dignidad que de la ambición, pero esa dignidad convive con riesgos que casi nunca caben en discursos motivacionales; emprender aquí es lidiar deficiencias estructurales, brechas digitales, violencia, machismo, racismo, es sostener un negocio cuando el turismo baja, cuando la cosecha falla, cuando el precio del insumo se dispara, es aprender a comunicarte con clientes que no siempre valoran el trabajo artesanal, el tiempo invertido, el conocimiento detrás de cada producto.

Aun así, en medio de tanta precariedad, el emprendimiento chiapaneco tiene algo profundamente poderoso: la comunidad, esa comunidad que va desde la familia que apoya, la amiga que comparte la publicación, el vecino que compra “para ayudar”, el bazar donde varios pequeños proyectos se reúnen para vender juntos, el medio local que decide contar estas historias, cada venta es un pequeño acto de confianza mutua: alguien cree en tu proyecto, tú respondes con tu mejor trabajo.

Por eso, emprender en México y en Chiapas no debería romantizarse ni despreciarse, no es una varita mágica contra la pobreza, pero tampoco es un capricho de quienes “no quieren tener jefe”, es una apuesta arriesgada en un tablero que, de entrada, está inclinado en contra, pues quien decide aventarse sabe que y cuanto puede perder, pero también que si algo sale bien, no solo cambia su propia vida: puede transformar la de su familia, su comunidad, su entorno más cercano.

Ser emprendedor aquí es caminar todos los días entre el miedo y la esperanza, es levantarse temprano a trabajar en un sueño que, a veces, ni siquiera tiene garantizado llegar a fin de mes y aun así, seguir, no porque el sistema lo facilite, sino precisamente porque no lo hace.

Tal vez ahí está el verdadero valor del emprendimiento en México y en Chiapas: en esa terquedad de seguir creando algo propio, aun cuando todo alrededor parezca diseñado para que te rindas.