Una educación atrapada entre el pasado y el futuro

Eduardo Díaz Zenteno y Andrea Flores Mena

La escena de un profesor que pierde el control ante un alumno en plena clase universitaria no debería conmovernos por el escándalo que genera en redes sociales, sino por lo que revela sobre la educación mexicana: una crisis estructural que no ha sabido cuidar ni a sus maestros ni a sus estudiantes. A unos los ha dejado sin herramientas para adaptarse a las nuevas formas de enseñanza; a otros los enfrenta a métodos que ya no dialogan con su tiempo.

El episodio ocurrido recientemente en la facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH) desató un debate nacional. Algunos exigieron sanciones ejemplares; otros defendieron la trayectoria del docente. Más allá de las posiciones, el hecho expone un dilema profundo: ¿cómo reconciliar la autoridad académica con la sensibilidad contemporánea?

Según el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), más del 60 % de los docentes universitarios en México no ha recibido capacitación pedagógica formal en los últimos cinco años. Además, cuatro de cada diez profesores fueron formados en modelos previos a la era digital. Estas cifras muestran una brecha de actualización que no solo afecta la calidad educativa, sino también las relaciones humanas dentro del aula.

La pandemia agravó el problema. Las clases virtuales modificaron la dinámica de enseñanza, exigiendo habilidades comunicativas, tecnológicas y emocionales nuevas. Muchos maestros enfrentaron ese cambio sin apoyo institucional suficiente, mientras los estudiantes (nativos digitales, más críticos y menos tolerantes a los estilos autoritarios demandan nuevas formas de interacción. El aula, antes un espacio de respeto y disciplina, se ha convertido en un terreno donde la autoridad docente y la libertad de cátedra enfrentan tensiones inéditas.

Sin embargo, también es justo recordar que la autoridad del maestro es un pilar fundamental de la educación pública mexicana. La libertad de cátedra (consagrada en la Constitución y ejercida por generaciones de profesores universitarios) ha sido motor del pensamiento crítico y de la autonomía académica. En el caso de la UNACH, este principio ha contribuido a forjar su prestigio como Universidad Emérita, reflejo de una comunidad académica con profunda vocación formativa y compromiso social.

Defender la autoridad docente no significa justificar excesos, sino reconocer que el respeto mutuo entre profesor y estudiante es la base del aprendizaje. Cuando esa relación se quiebra, la educación se convierte en un acto de resistencia. El desafío no está en eliminar la figura del maestro exigente ni en someter la enseñanza al juicio inmediato de las redes, sino en actualizar los métodos pedagógicos para que la experiencia y la empatía convivan en el mismo espacio.

México necesita políticas que impulsen la formación, la jubilación digna y la renovación pedagógica. No se trata de sustituir generaciones, sino de acompañarlas en su transformación. La universidad del siglo XXI debe ser un lugar donde la sabiduría del maestro y la curiosidad del alumno se encuentren, sin miedo a los cambios tecnológicos ni a los nuevos códigos de comunicación.

Porque reformar la educación no es sancionar ni jubilar, sino reconstruir la relación humanista que habita el aula. Entre la experiencia del profesor y la energía del estudiante hay un puente que solo puede sostenerse con diálogo, respeto y actualización. Si no lo fortalecemos, seguiremos confundiendo autoridad con violencia y enseñanza con castigo. Y en esa confusión, lo que realmente se pierde no es un profesor o un alumno: es la esencia misma de la educación.